Música para volar: 40 años de Platinum

Este álbum es para mí una de las obras maestras de Mike Oldfield, visionario compositor y multi-instrumentista, y cumple hoy nada menos que 4 décadas desde su publicación un 23 de Noviembre de 1979.

Podría invertir varios de los primeros párrafos de esta nota haciendo una nutrida introducción sobre algunos aspectos técnicos, otros históricos; podría contarte que fue el primer trabajo en el que Mike incluyó temas cortos y no sinfónicos, así como también versiones de otros temas no propios. Y que esto sin duda lo re-posicionó desde ser un ícono progresivo, sinfónico y experimental hacia un estilo más pop que podría considerarse también transicional hacia posteriores géneros que transitó como el new age, ambient y chill out.

Pero en su lugar lo que te voy a contar es cómo fue mi primer contacto con él, cómo lo viví y las cosas que me pasaron. Creo que puede llegar a ser más contagioso, y además el resto está en wikipedia.

Este disco lo conocí (como casi todo lo que más me gusta) gracias a mi viejo, aunque en ese momento en formato cassette. La referencia analógica me hace pensar que fue hace un millón de años, pero debe haber sido hace apenas 17 o 18 (que igual es un montón).

Editado en Argentina bajo el nombre de «Platino», ejemplar físico en cuestión.

Fue mi puerta de entrada a la música de este tremendo artista, complementado posteriormente por un compilado de grandes éxitos y por el icónico Tubular Bells (candidatazo para armar otra nota).

Volviendo a Platinum, mi viejo siempre lo ponderaba y lo mencionaba con una exuberancia que para la edad que yo tenía (no la recuerdo con precisión pero seguro era un puberto impertinente) me generaba mínimamente desconfianza…”es obvio que exagera” pensaba. 

«Puedo ser muchas cosas pero mi rebeldía siempre fue moderada, así que accedí a escucharlo con él en su equipo y bafles de alta fidelidad en el sillón del living de casa: una especie de altar destinado a “joyas” musicales, luz baja y sobremesa tardía».

Apenas apretó el botón de play, instantáneamente empezó lo que ahora reconozco como una especie de película disfrazada de notas de teclado, vibraciones varias bajo o guitarra, entre otros. Voy con la referencia cinematográfica, porque a mí me resulta un buen paralelismo ya que al tener naturalmente más dimensiones y códigos propios podría decirse que ofrece una experiencia “más completa”…excepto cuando uno hable de este tipo de trabajos musicales que parecen exceder el formato convencional y envolvernos en algo mucho más grande.

Arte de tapa para el álbum

Empecé a escuchar Airborn muy expectante, y con cada segundo que transcurría en reproducción mi intriga iba en aumento. Todavía igual con actitud de superado porque adolescencia. Creo que lo que me llamaba la atención era el sentimiento de percibir toda esa secuencia de melodías como algo sencillamente esperable y al mismo tiempo sorprendente.

Empezaba a intentar reconocer formatos habituales, pero algo me obstruía: guitarras distorsionadas pero con un estilo poco familiar, ritmo intenso y vértigo pero con secuencias impensadas y encima de todo apariciones de instrumentos poco convencionales como xilofones (todavía no conocía Tubular Bells),

La reproducción siguió, y así empezaba la segunda pista y homónima del disco Platinum. Si tuviera que describir el asombro que ya estaba sintiendo mientras se me iba desfigurando la cara de culo inicial me costaría un montón. 

Era incareteable que me estaba generando cosas, me ponía la piel de gallina y no entendía por qué. 

Puede que haya sido la primera vez que sentí eso con la música, y me hizo entender que había canciones, artistas, discos distintos a los que realmente valía la pena prestarles mucha atención; y no simplemente escucharlos: escucharlos compenetrado y apreciando cada sonido, cada vibración que genera en mí. Esto terminó evolucionando en una conciencia superior hacia el trabajo que hay detrás de la música, una apreciación al talento musical que existe en la composición, la producción, la mezcla, más allá de la mera interpretación de los instrumentos o el canto.

Así mientras iba escuchando el disco me convencía de que no había un milisegundo de sonido (específicamente en el Lado 1) que no tuviera sentido…que no parezca quirúrgicamente planificado para volarme la cabeza.

En resumen, más allá de la riqueza técnica y compositiva de cada tema había algo más grande…había algo que no se podía contar solo en un tema y que tal vez  no estaba tan manifiesto como en los discos conceptuales de Pink Floyd, o incluso de Los Beatles que ya conocía. A la vez era menos complejo, más directo y eso incluso lo hacía más fácil de disfrutar.

Esa fue mi primera experiencia con la música de Mike Oldfield. Un artista gigante, completísimo; que supo deleitarnos experimentando en los confines del rock sinfónico pero que al mismo tiempo supo dar vida a hits pop y generadores de covers casi desde que salieron (Hall and Oates, con Family man un tema que lanzaron un año después que Mike y se mantiene hasta hoy en su repertorio en vivo). Hasta Marcela Morelo se tomó la atribución de homenajear otro hitazo con su versión “Luz del cielo”.

Haceme caso y escuchá Platinum. Después me contás.

Gonzalo Semperena

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