El preludio fue un día caluroso, muy veraniego, mucho fuego en la ciudad porteña, se sabía que algo poderoso tenía que pasar. Cae la noche, 22°C, nos fuimos todos ligeros de ropa, con algo para la frescura casual que siempre nos trae el Luna Park y la zona.

Como siempre pasa en estos grandes recitales, ocurrió un hermoso reencuentro metalero a las fueras del recinto, el «army negro», toda la familia metalera argentina e internacional. El reencontrarse con viejos amigos, nuevos amigos, amigos de recitales, amigos de la vida, amigos que te da el metal.

Hagamos énfasis en que esto que sucedió no fue cualquier cosa, no se trataba de un recital más en Buenos Aires: se presentaba por última vez Slayer, fue el concierto de cierre en la vida del proyecto.

Hagamos una pausa y recordemos que esto comenzó en 1981, cuando Jeff Hanneman, Kerry King y Tom Araya formaron lo que sería una de las bandas más legendarias del metal y del rock en la historia de la música. Muchos dicen que Slayer influenció al metal y el rock, construyeron riffs históricos y legendarios que son obras maestras.

Aunque tuvieron algunos períodos difíciles y perdieron trágicamente a Hanneman en 2013, nunca se separaron o tuvieron una pausa muy notable. Ellos continuaron y esto nunca los detuvo: Slayer nunca perdió su esencia, quizás son los más fieles a su música dentro de este grupo del «Thrash Metal» privilegiado del planeta al que llaman «The Big Four» donde comparten podio con Metallica, Megadeth y Anthrax.

Esta esencia, esto que Slayer es: una maquinaria de música infernal, brutal e intensa que nos atravesó a todos hasta las entrañas este domingo.

Esa noche Tom, Kerry, junto a Gary Holt y Bostaph, nos brindaron casi dos horas de dinamita hecha música, hecha riff,  nos volaron el cerebro con un arsenal histórico de canciones:

Repentless
Evil Has No Boundaries
World Painted Blood
Postmortem
Hate Worldwide
War Ensemble
Gemini
Disciple
Mandatory Suicide
Chemical Warfare
Payback
Temptation
Born of Fire
Seasons in the Abyss
Hell Awaits
South of Heaven
Raining Blood
Black Magic
Dead Skin Mask
Angel of Death

Como si no hubiese otro mañana, cada canción fue ejecutada perfecta y solemnemente; cada nota, cada riff, todo en sincronía con este sonido increíble y aplanador que durante todo el recital hacía temblar al Luna Park entero.

Un océano de gente en el campo, un grandísimo pogo, con mini pogos a los lados, muchos gritos, crowdsurfing, abrazos, emociones múltiples al escuchar el intro de cada tema que tocaron, acompañado en las pausas de cánticos frenéticos de «Slayer no se va, Slayer no se va» fue parte de esta gran noche, que terminó de la manera más intensa posible.

Terminan de tocar «Angel of Death» y se retira toda la banda, se apagan las luces y todos pensamos que volverían a tocar pero no, sale Tom Araya y recorrió todo el escenario, de izquierda a derecha, mirándonos a todos de arriba a abajo, desde campo hasta cabecera, contemplando el recinto, contemplándonos a todos.

Fijó su mirada en todos, estábamos seguros que sí, que su mirada nos contuvo por segundos, nos arropó una energía del más allá mientras seguían los cánticos de «Slayer no se va, Slayer no se va», hasta que Tom se detiene en el centro del escenario y nos dice: «Muchas gracias, Los voy a extrañar» y con los ojos llorosos se va.

Fue la última vez que lo vimos, se prenden las luces y fue ahí cuando algo de nosotros también se fue con él, algunos desconcertados, algunos ingenuos, nos despedimos de este largo y hermoso recorrido, nos despedimos de nuestra adolescencia, de reuniones con amigos del cole, de jammin’ con la banda, de muchas fiestas locas a la que fuimos, millones de recuerdos que nos pasaron en mili segundos por la cabeza, que si, se termina con Slayer una época histórica del metal pero que en lo más profundo de nuestro ser sabemos que «Slayer no se va nunca».

Paola Sánchez

Entusiasta del psicoanálisis, escritora amateur, coleccionista de objetos y encantadora de gatos. Maracucha-Mexicana viviendo en Buenos Aires.
¡Qué viva la Yuka para siempre!
Paola Sánchez

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