Eric Mandarina en La Tangente: Mucho beatbox y celulares apagados

“Por favor, apagar los celulares”. Esta consigna da inicio al show de Eric Mandarina, mientras el cantante escupe frente al micrófono un checklist de hábitos que repetimos hasta el hartazgo en redes sociales. El tema es «Apps», todavía inédito, y cuenta con @shoshi.xxi en consolas, que emite sonidos extrañados que dialogan con la letra. Googlear giladas, follow/unfollow, “Saco el fierro. Me pego un tiro? Guardo el fierro. Abro Instagram”. A la vez que sentimos empatía con el relato, el láser de @ritualfir3 nos exige guardar el celular, cual si alzáramos un vaso de birra en algún boliche muy conservador. Siguen «Sentate a comer», «Download» y un dúo de beatbox con Mandarina + @lanegritamarron que, en serio, sacude la estructura lumínica de esta nave espacial que es La Tangente.

Tanto en el solo set de «Estructurador», como en «Beatboxbrass» y «Brassstep», Eric habla en su lenguaje beatboxeano con una fluidez inigualable, que combina hábilmente con una guitarra clásica de la que exprime, tanto el sonido tradicional (con las cuerdas), como la percusión, golpeando sobre la madera. Para rematar esta seguidilla, Eric acerca al micrófono un radiograbador y mueve cuidadosamente la rueda del dial. Escuchamos, en silencio, fracciones de transmisiones entre ruido blanco. De repente, sintoniza una voz entre la interferencia que coincide mágicamente con ese instante: “son las dos y treinta y cuatro de la madrugada”.

Los vientos son grandes protagonistas en «Impronta». Suben. Bajan. Marcan el ritmo de los pasos eufóricos que da el público. Me veo felizmente rodeada de personajes random que inventan bailes, todes muy pero muy en una, y se dejan llevar por el zig-zag de las trompetas y el clarinete. Y una vez más, “Los celulares apagados, por favor”. Suena el último single del artista, «Tres tristes hípsters», que describe en clave hip-hop la cultura del hiperconsumo, que entretiene a la vez que deprime.

Cierra la lista «Farmacéuticos» y la puesta teatral aumenta. Les cantantes, con gafas símil de aumento, arrancan papeles de un block que supone un recetario médico, donde anotan indicaciones (que creemos ilegibles), a la vez que enumeran un sinfín de drogas y químicos ininteligibles. Los garabatos de una farmacología exagerada flotan livianos en el aire hasta caer al piso y tatuarse, en algún extremo, la silueta de la suela de una zapatilla.

La performance es interpretada casi por completo por bailarines invitades (@la.pichi_, @jazmintitiunik, @le.catit y @agustinromero042 por nombrar algunes) que expresan con sus movimientos los sonidos extra planetarios que nos regala este show.

La puesta de Eric y su hermosa compañía trasciende una tocada tradicional, y creo que una de las razones es la formación mutante: la suma de diversos vientos bien ajustados, el bajo impecable y muy marcado de @brian.vainberg, Macs que emiten sonidos delirantes, un charango que se suma en algunas ocasiones, @ritualfir3 acoplando su voz, @lanegritamarron en beatboxs brutales y todo lo que Eric produce, musical y poéticamente, da como resultado una propuesta artística que combina diversos elementos en una medida brillante, lo que hace que la experiencia se convierta en un real deleite estético. Es por esto que, cuando pienso en el proyecto de Eric Mandarina, rápidamente puedo expresar que “me rompe la cabeza”.

Nora Lobo

Colaboradora at No Son Horas
Escritora/cronista/poeta en potencia. Estudiante de Curaduría en la UNA. Melomana 24/7
Nora Lobo

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